miércoles, 22 de octubre de 2008
La fiebre y la cicuta
martes, 7 de octubre de 2008
Fin de semana
Pero ese fin de semana fue revelador, terriblemente revelador (ver una Furia). Gabriela se plató como una profecía aterradora, como el anuncio de mi muerte, el augurio de que estoy entregado a consumirme, a largarme de mi cuerpo, a perderme. No tengo miedo. La veía luminosa dentro de una cueva pestilente, sucia, cercana al sismo que regurgita, al pájaro mecánico de Elizondo, al nervio de los árboles (las manecillas de las estrellas y su vómito). Yo sé que terminaré desahuciado, con otro brazo roto, con las uñas trizas; aún así no importa. Al menos, sobre todas las noches y todas las eras y todos los castigos (que supongo nunca vendrán) esa noche fue mi noche, escribimos esa noche, lo hicimos con letra palmer en la hoja en blanco del futuro.
Ahora por momentos me duele la cabeza, me sudan las manos y dejé el trabajo del redalyc para trabajar en la novela. Aún recuerdo esa cercanía que abría los mundos.
viernes, 3 de octubre de 2008
Olor 1
viernes, 26 de septiembre de 2008
fin de entre encanto
No tengo muchas ganas de estar aquí, en la oficina compartida que parece una célula madre o una espora. Escucho a los Appalachian Terror Unit. Rafael los fue a ver a Querétaro el miércoles. Me sentí muy mal al no poder ir. Esa sensación de que mi mundo se reduce a mi trabajo. De cualquier manera fui con Gabriela a tomar cervezas. Hace mucho tiempo que no me sentía tan complacido, de buen humor. Fue algo completamente increíble. Ella es fabulosa (esa palabra ingenua). La miraba con la boca abierta, completamente, completamente alelado. Borroso. Quería estar con ella toda la vida.
(Gabriela como un azor atravesando el requiebro del humo…Gabriela avispada entre las flores parecida al absurdo del papel y el tósigo…)
No sé qué me pasa. Tengo que ensayar, quiero ensayar. Al menos ya estoy más tranquilo. Quiero fumarme un cigarro. Ahora me trata con una indiferencia abismal. Creo que la entiendo, la otra vez que salimos con otros amigos sentí su lejanía… creo que estoy enfermo…me siento como un acosador. Hablando de una mujer como si la conociera…espero que no lea esto ¿o lo publico para que lo lea?
Hay momentos en los que me desconozco.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Afantasmado atípico
miércoles, 17 de septiembre de 2008
hoy amanece la ciudad más conmovida
Ayer en la noche me sentí más relajado. Hoy el trabajo es animal. Apenas estoy saliendo de él. Ayer estaba estresado. Parece que habito un cuerpo rentado, luego, sin quererlo, me disparo y salgo de él, lo abandono impunemente y sólo se queda ahí mi cara estúpida, con mis ojos estúpidos, sin sentido. Un cuerpo de gato muerto a la deriva, el ojo de alguien avisando la debacle del mosto. Quiero irme ya. Siempre quiero irme.
¿He dicho que vi cómo pintaban un toro mecánico?
Sigo enamorado de Gabriela, eso creo yo. Quiero creerlo, me hace falta, hoy hablé con ella tres segundos, me miró un poco y nada más. Fue suficiente. Es el estúpido síntoma del patetismo y la soledad. Cada vez engordo más, irremediablemente.
hoy me comí unos nachos con queso y nada más, ni siquiera he tomado agua, creo que iré por una al oxxo, aquí ni venden. Ayer escribí con lai una obra de teatro para sus alumnos. No quedó tan mal dadas las circunstancias. Me divertí. caí rendido.
despertar y llevar a Santiago. Tenía diarrea. Odio eso. tengo audífonos nuevos.
martes, 16 de septiembre de 2008
16 septiembre en la oficina que huele la casa de mi abuela
Trabajo en radio y luego no sé qué decir en el micrófono. Sé que algunos me matarían por estar en el lugar en donde yo estoy, lo sé, pero bueno, yo siempre he querido estar en otro lugar (aunque este no me desagrada) y no lo estoy. Digo, todos se joden en esta ciudad y en todas. Por lo pronto me siento alejado y creo que mi relación con Laiza sirve de catalizador (esa palabra tan de taller mecánico) para el mundo. A veces pienso en una mujer que me gusta. La pienso mucho o de vez en cuando. Trabaja en el radio, del otro lado de las oficinas. Digamos que es una gran locutora que se mueve en el mundo como el polen flota por el aire. Así de versátil es, de viva (una serpiente de polvo). Me gusta. Pienso de más en ella, pero no puedo permitirme pensar en ella, ni mucho menos. Ya no tengo derecho, no tengo derecho a querer a otra persona. Me tortura, de verdad me tortura siquiera pensar en escribirle algo. No, simplemente no. Es un tormento pero le veo la cara en todos lados. Apenas me habla, lo sé, apenas sabe que existo y de pronto ya estoy cayendo en el juego que siempre negué jugar ¿me doy cuenta? A ella no le importa y a mí, irremediablemente me carcome lso dedos y las uñas y los ojos y mi vida que poco a poco se va por el caño parecida a la sangre de un cadáver abandonado en la tina del baño.
Entonces Gabriela se parece ahí y clava su mirada, que apenas me observa y termina con mi vida y con mi tranquilidad, ese perfume que siempre quise conservar en la solapa. Sí, yo amo a Laiza, me divierto, pero… pero Gabriela erigida por el olor de otro canto y otro mundo en mi ridícula fisonomía de adúltero.
¿Por qué creo menos en las cosas?
lunes, 25 de agosto de 2008
viernes, viernes
Hoy abrá un concierto de música electrónica. A estas alturas no me importaría ir y beber.
jueves, 21 de agosto de 2008
Regreso
viernes, 4 de julio de 2008
Las bromas de siempre

Una vez más he sido engañado por los burócratas. Una vez más engañado, como siempre. Estoy escuchando a Tragedy, banda de bandotas, una verdadera chulada. Ayer ensayamos, el miguel por fin no se va, se que da con la banda, eso me puso de buenas aunque estaba que me llevaba el diablo. Siento una gran carga en los hombros, como si cargara un lagarto enorme. Por fin, algo de respiro y quiero tomar unos tragos, divertirme, no quiero seguir la fiesta hasta mañana, no quiero, mi cuerpo está cada vez peor, ayer me tomé unos mezcales y amanecí con una terrible diarrea y una cruda brutal y sólo me tomé como cuatro cubas leves, no sé, el alcohol ya no me quiere en sus dominios, parece que les estoy cayendo mal a todos los de antes, a todo lo de antaño. Cambiar de régimen, cambiar de forma, cambiar, no importa, no me importa, ahora sólo me interesa escribir y tocar, santiago y laiza, no tengo grandes metas, no tengo aquel avispón envenenado de la trascendencia, me lo han quitado las crudas y la rutina.
viernes, 13 de junio de 2008
Tv Medusa

En las pálidas tardesyerran nubes tranquilasen el azul; en las ardientes manosse posan las cabezas pensativas.
Autumnal, Rubén Darío, en Azul
Azul como el golpe que mi padre le dio a mi hermano en pleno rostro una mañana de agosto de 1989, mientras reñían. Azul como los primeros intentos que tuvo el asma en mi cuerpo las noches de verano en donde yo era un costal sin freno y sin aire escarbando entre las esporas del oxígeno. Azul como las venas de las manos de Vanesa que luchaban contra mi fuerza mientras bailaban en la sala de su casa evitando que la tocara, que la besara, que la siguiera deseando. Azul como las pequeñas bragas de Clara que cayeron al suelo esa tarde de enero de 1997 para dejarme ver, por primera vez, la desnudez y la dicha de lo terrible. Azul como el cielo de junio que ocupó mi padre para llevar a su amante a la casa y gritarle a mi madre que era fea y torpe. Azul como aquellos calzones que él llevaba puestos cuando en medio de la noche me despertaron los gritos de mi madre en su habitación y él la golpeaba con fuerza y rabia. Azul como los moretones que se le hicieron en las piernas y en los costados. Azul como el cuello de mi amigo el Ocio que pendía de su cinturón y su árbol una madrugada del 2007 frente a su casa, frente a vacío de la muerte. Azul como las tardes del domingo que vagaba por las calles de la ciudad entregado a una rabia infinita de flores y humo. Azul como los ojos de mi hermano después de una brutal pelea contra los federales una noche de abril cuando veníamos abrazados por el alcohol y la hermandad y el miedo estaba lejos quizá en Vietnam o en Medellín. Azul como la luz que vi afuera de la secundaria doce en una pelea multitudinaria. Azul como un resplandor o un fósforo que se prendió dentro mi cabeza aglutinante y maléfico y que me llevó a percibir el frío y el metálico aroma de la sangre. Azul como el traje de mi amigo Raúl Campos Beltrán que murió una noche en una carretera negra y cruel al sur del estado. Azul como las corbatas que usaba y la camisa que en su funeral los encargados del velorio plancharon y perfumaron en pleno día. Azul como el cuerpo de mi primer hijo abortado y enterrado bajo los geranios del jardín de mi madre un 19 de octubre de 1999, cuando no teníamos ganas de quedarnos quietos y teníamos miedo de perder algo que perdimos años después, con calma y sin darnos cuenta. Azul como las uñas de la mano que encontramos detrás de mi casa entre un sostén y unas bragas manchadas de sangre, entre la mierda. Azul como la cara de Pierre Culliford aquel 24 de diciembre de 1992 cuando su corazón se cansó de maquilar hazañas y Les Schtroumpfs. Azul como un libro. Azul como un ave que parece en algún paraíso que no es aquí y que nunca es en ningún lado. Azul como el cielo de San Luis Potosí, 38 grados a la sombra padeciendo una cruda demandante y soberbia. Azul como el tatuaje que rodea la espalda de Laiza como si fuera un mantram vistoso y florido. Azul como la nostalgia de la antigua ciudad, del antiguo cine Morelos o el cine Rex o el cine Florida. Azul como el polvo que se desprendió cuando demolieron la casa de Enrique Carniado y dejaron una placa que inaugura un estacionamiento tierroso y seco como la historia de esta ciudad. Azul como los botes de lágrimas que juntaba Esther Martínez, mi abuela, a lado de su cama para recordar la muerte de mi abuelo. Azul como el odio que mi abuela materna le tiene al mundo entre las espinas de su bipolaridad, su descontrol, su rabia, su constante indignación. Azul como los abrazos que de vez en cuando me daba mi madre antes de dormir, después de que mi padre blandiera su cinturón en nuestras corvas. Azul eternamente azul hasta el hartazgo.
Les Schtroumpfs (Los Pitufos), creados por el caricaturista belga Peyo (Pierre Culliford) en 1958. La serie animada, producida por Hanna- Barbera, invadió la tv mexicana de 1983 a 1994
miércoles, 4 de junio de 2008
Fui a la playa a buscar algo perdido en Matamoros

La ciudad se presentó como todas la ciudades, simple como un escupitajo en la cara, un golpe a la mitad de la mandíbula. Lisa como una tabla de piedra en medio de un sofoco, una gota de sudor que escurre por el pavimento y los cuerpos de los perros nauseabundos aventados e inflados al final del camino.
Todo se pudre en matamoros: el agua, los ojos, la ropa, el cabello. Apenas se puede comer, el calor lo desgasta todo y lo consume parecido a un fárrago de mierda, porque el cuerpo en el calor es un fárrago de mierda o abono o pestilencia o algo.
Bebí desesperadamente el sábado en la madrugada. El sol me despertó a las tres de la tarde en un sillón sacado a la calle por una mano piadosa, seguramente. No recuerdo gran cosa, sólo a los Pixies sonando fuertemente en un auto azul y una plática que iba de the Cure a Sonic Youth y el primer disco de Metallica. Bebimos cerveza hasta que se consumió entre nuestras manos y nuestro sudor de madrugada a treinta y ocho grados. La madrugada perfecta en medio del azufre.
Extrañamente no hice amigos, sólo sombras que estuvieron junto a mí en una charla infinita que terminó en una brutal despedida, sin abrazos, sin direcciones, sin buenos deseos. De ellos no tengo nada, ni ellos de mí, acaso recordarán, si es que lo hicieron, una fiesta más de las millones o centenas. Mientras tanto yo recuerdo el calor y algunos nombres sin apellidos que revolotean en el trópico de la resaca.
La playa de matamoros parece sucia en medio de todas las playas del mundo y parece vieja y triste, apenas adornada por una sonrisa que es la gente de trajes de colores que juega entre las olas delgadas de la tarde. Quisimos regresar a esa playa porque nos gusta ver el mar y su broquel irremediable en el labio del cielo. Quise regresar —esto nadie lo supo— porque la última gran foto de los amigos fue en esa playa, con el Ocio vivo, hace más de siete años, todos jóvenes, todos ebrios, todos felices después de tres días de música, alcohol y fiesta interminable. Quise regresar por esa foto, por ese instante que ya no estaba, lo sabía, pero aún así quise estar ahí para encontrar entre las ruinas de la arena un poco de esos tiempos más amables y risueños.
El calor lo esconde todo tras su manto estrellado y famélico.
jueves, 29 de mayo de 2008
Ayer...

Trabajé en la oficina todo el día. Me senté frente a la pantalla y después de escuchar algunas canciones corregí una interminable letanía de estupideces económicas. No me levanté de la silla ni salí a comer, ni salí a la calle. No vi la tarde, ni la noche. Quise permanecer en el estado de gracia de los monumentos y los locos. No tenía ninguna pretensión. No fue el juego del misántropo, fue más bien una carencia de sensibilidad, una desfachatez de la arrogancia convertida, por el tiempo y la mugre, en una imposibilidad, en una discapacidad. Me alejé del mundo por inercia, como se mueven los crustáceos en medio del mar templado. Quedarme recluido en el rincón de mi oficina no respondió a nada, sólo a la casualidad.
No quise recordar gran cosa. Las preocupaciones del dinero me ha absorbido por completo: la renta, la escuela, la comida, el gas. Las grandes batallas que planeaba se han reducido a lo inmediato, lo cotidiano como una feroz navaja en la garganta y el cerebro. He caído en la trampa de lo cotidiano, en el empalago de la rutina. El fervor se ha ido con los años, con cada uno de los años.
Entonces me habló Cecilia y me dijo felicidades, lo que sea que eso signifique. No es grato felicitar a alguien por el correr del tiempo; no es grato felicitar a un montón de células que se desmorona cada día. Esto no es una postura decadente o desesperanzada, es la visión más vital que existe: quejarse de envejecer en lo más vital que existe. La desesperanza sería, en todo caso, celebrar la vida hasta el hartazgo, pues en el festejo exótico está el himno a la muerte. Por eso me quedé callado cuando Cecilia me felicitó y Laiza me despertó con un beso y una película de Alex de la Iglesia que ya había visto (pero no le dije).
Siouxi nació el mismo día que yo. Fuera de ella no conozco a nadie más que haya nacido el veintisiete de mayo. Hay mucha gente, lo sé. Por ejemplo, un amigo de mi hermano nació el mismo día que yo. Pero no conozco ningún escritor que haya nacido ese día. Laiza nació el mismo día que Amparo Dávila; Santiago el mismo día que Harold Pinter; Roberto nació el mismo día que Focault, Alejandro cuando nació Wittgensttein, hasta mi ex novia nació el día en que quemaron viva a Juan de Arco. Es como si el veintisiete de mayo fuera un hoyo en el calendario. Hasta en los diarios brincan ese día. Pizarnik no escribe nada el 27 de mayo; Jules Renard, tampoco. Es un hueco.
Siempre le ha tenido miedo a tantas cosas. Siempre me he escudado en la vergüenza y en la culpa. De aquí para allá, traidor, mentiroso y mitómano, hasta ladrón he sido. Arrodillado siempre, cabizbajo; en la postura idiota del artista trivial y ególatra. Aún así conservo la mitad de la vida y la mitad de esperanza (aunque no sepa bien a bien en qué confío); conservo también el reposo de los viejos y buenos amigos, el odio de algunos enemigos y el gusto de la cerveza fría, unos cigarros, la música, la literatura y una buena charla. No sé que signifique todo esto, pero estoy tranquilo. Para bien o para mal, estoy aquí.
martes, 27 de mayo de 2008
hoy en mi cumpleaños
Ahora quiero irme a mi casa y escribir y tomarme una cerveza de un trago. ver como anochece. Quedarme dormido. No me emociono, ni nada. Pocos amigos se acordaron de mi cumple. No puedo exigir nada porque rara vez me acuerdo de los suyos. Sin embargo, los más entrañables me hablaron o me escribieron. Con eso basta pasa sentirme un poco seguro. no tan solo...aunque, de qué sirve?
Me siento como un tronco a mitad de Columbine, un tronco seco y hueco, por donde pasa el viento frío y se confunde con una serpiente igual de fría. Siento un hueco en la cara, en el estómago, en las piernas, un hueco que no llega a ninguna parte, ni siente nada.
jueves, 22 de mayo de 2008
Keyser en el defectuoso
Tv medusa
El segundo infarto del señor González
Te anuncias como la sed.
Alejandra Pizarnik
Mal presagio, mala señal, mal agüero, lo que hubiera sido, casi dejamos caer las cervezas en el piso extremadamente higiénico de la tienda. Me dio un vagido, dijo uno (no recuerdo quien) y otro se agarró la cabeza con la mano en donde tenía los cigarrillos, como si fueran una torunda repleta de alcohol y como si pudiera curar algo.
Por la tarde en las noticias escuchamos que había sufrido un infarto y que estaba hospitalizado en terapia intensiva y que como un héroe de la tv nacional, les había dicho a sus hijos que siguieran con el programa, o sea: “el show debe continuar”.
Nos alarmamos entre trago y trago y uno de nosotros se atrevió a decir: “un toque en su memoria” y otros, lo que fuman dijeron que simón, que esa la única manera de tributarlo y la palabra (“tributarlo”) se escuchó como un plato roto, como un disfraz de bondage, como un cadáver.
Nos dio un ataque de risa y la tarde, parecida a un ciempiés, se multiplicó en la mirada de todos nosotros que apenas hablábamos y llevábamos la cerveza a la boca como un vino tinto que no se tiene ni se antoja. Platicamos de otras cosas, platicamos de círculos, porque el alcohol es un círculo infinito, de encuentros y miradas de reojo, por el filo de la pestaña. Y hablamos de él. Poco, se lo merecía, al final, en medio de dos días de borrachera, de dos días sin salir a la calle, sin comer suficiente, con los ojos rojos como un atardecer en Aculco. Hablamos de él como se habla de un perro viejo, de un abrigo mohíno, de un abuelo o de unos zapatos rotos.
Un tatuaje en la frente desnuda, habría dicho uno medio en risa, en medio de los pedos hediondos que ya caminaban por la mesa y las sillas, en medio del cansancio. Y entonces lo fatal: recordamos. Nadie dijo nada, pero nadie quería llegar a ese punto, en esa tarde, con esas cervezas trepadas en las gargantas como hongos primaverales. El fracaso de la evasión (pensé). Nos atrevimos a recordar.
“Mi madre me decía…”, dijo uno entre los humos del séptimo toque. Y los ojos cerrados, unos conteníamos el llanto porque hablar de él era un presagio de lágrimas, porque hablar de él era hablar de nuestra infancia, de nuestros padres, de nuestra ignominia y nuestra soledad en medio de los salones del colegio en los que abundaba el desprecio y la rabia y la soledad y el destino (bestia viva).
Y recordamos y hablamos de él, tejimos alrededor de él la historia de nuestra vida, la necesidad de beber, teorizamos, reflexionamos, agitamos la manos y dijimos más de una vez: “¡no mames!” o “¡no seas mamón!” y nos tragamos las lágrimas cuando tocaba hablar de papá o mamá o de la vieja que nos dejó porque nunca comprendió la manera más libre de vivir, la nuestra, nosotros que siempre hacíamos que lo queríamos. Y luego nos abrazamos en medio de la dicha de tener corazón y sentirlo palpitar en medio de la noche que ya despuntaba en su colorido brote.
Y su voz aguda parecida a un bisturí sin filo nos abrió el vientre con su risa cancerígena y nos produjo el dolor de cabeza, el rumor de la muerte y la sorna de lo único que teníamos muerto o moribundo: la infancia que se echaba a perder entre el ajenjo que alguien destapó para amargarnos a todos.
Ricardo González “Cepillín” (1946-)
jueves, 15 de mayo de 2008
Tvmedusa

“La esfera y el río”
Pedro Shimose
Pocos recuerdos apacibles guardo de mi padre. He hecho la cuenta. Quizá cinco, quizá seis: nunca estar en casa; comer siempre en la calle; la pizza… quizá los sábados de juegos mecánicos en el Carmen, quizá los domingos y algunos miércoles en la bombonera (Masharelli, Tuca). No más. Apenas guardo una imagen de él reflejada en nuestro viejo televisor Panasonic con trece botones negros al lado de la pantalla como moscas aplastadas.
Mi madre decía que mi padre se hacía chinos. Que iba cada primero de mes a la peluquería de Lucha, allá por Melero y Piña. Que le daba pena que las demás mujeres comentaran lo raro de ese hombre que religiosamente se hacía los rulos. Recuerdo que se dejaba el bigote en un intento por parecerse a Tom SellecK en Magnum (eso en la primera etapa, luego pretendió parecerse Steven Segal en Nico). El bigote como una referencia clave (quiero acordarme y cierto asco al describir a mi padre me atrapa las manos. Cierto asco parecido al repudio del sexo), varado en su labio como una manda terrible (un animal que lo devora).
Mi madre me dijo que jugaba fútbol en el Cruz Azul, en las fuerzas básicas, que tenía futuro, que quería dejar la ingeniería para dedicarse a jugar, jugar, ese presagio, era su vida. Nací. “En el medio tiempo”, solía decir, sin darle oportunidad de seguir en el campo. Imagino la frustración. Nunca me importó mucho. Entonces recuerdo los sábados en la mañana en el jardín municipal, él con el balón, entrenándome, diciéndome que yo debería jugar fútbol, que lo traía en la sangre.
Lo intenté en la primaria. Sacrifiqué las tardes (Mask, G.I. Joe, Rambo, Brave Star) y entré al equipo. Nos entrenaba un tipo de treinta años, siempre con pants, con la cara roja y caída, (que después supe era provocada por el alcohol). Su cara nunca me dio confianza, aún el recuerdo de su boca y sus ojos lo tengo entre los ojos. Jugué dos partidos: uno en el campo del Seguro Social. Torpe, torpísimo. Mi padre fue a verme. Se enojó mucho. Es duro ver a un hijo fracasar. No me habló en mucho tiempo y nunca más fue a verme. Seguí entrenando, quería mejorar sin muchas ganas. Siguiente partido en la deportiva, campo 4. Evidentemente era banca. Miraba los árboles escuetos de entonces, jugaba con la tierra, veía a lo lejos, sin perder de vista nada: el vuelo de alguna hoja, la frialdad del aire. Me llama y me dice que es mi hora de jugar. Tiemblo. El campo de juego es una boca desdentada pero salvaje. Entro al campo sin ganas, sin remedio, agobiado. El resultado fue fatal: provoqué tres penales por tocar el balón con la mano y anoté dos autogoles. Jugué media hora y el entrenador (aquella bestia alcohólica) me sacó entre gritos y salivazos.
Mazinger Z en la cabeza, Koji Kabuto en la cabeza, los viejos partidos de mi padre, los viejos concejos de mi padre, sus rizos falsos, su mostacho como nicho de santo, sus ojos. En todo pensé para cubrirme de los salivazos del equipo, de los golpes, de las groserías, de las patadas. Me escondí en la armadura de Mazinger Z, lejos, muy lejos, frente al rosado monte Fuji. Si mi padre hubiera ido seguramente estaría con los niños que me golpeaban y torturaban ante la mirada vengadora del entrenador (barril dentado).
Cuando se fue de la casa le pregunté que por qué nos dejaba, y entre una sonrisa (debajo del bigote-bala), dijo: “porque no juegan fútbol”. Entonces cuando veo el fútbol pretendo acordarme de su cara, esbozarla, verlo dibujado frente al televisor, como si su imagen de tanto permanecer frente al vidrio, se hubiera marcado para siempre. Y le cambio de canal y veo jugar al Toluca y me desespero y me asusto y me acuerdo de los chinos de mi padre y una vez más, comienzo a hacer la cuenta de las cosas buenas. No todo pudo ser tan malo. Lo sé.
viernes, 9 de mayo de 2008
descuido

mellevaeldiablo, no he podido subir nada o muy poco, ahora voy al df a grabar con el re.in, desde hace mucho tiempo queríamos grabar, entonces ahora es el momento, creemos que es el momento. Estoy crudo, crudísimo, ayer, con Rocco y vicente y Zujey y Bretón y Nutte, wishky (o como cojones se escriba), cerveza (yo prefiero la cerveza)y la noche, la mañana que nos sorprendió en medio de una plática interminable, de una bebedera interminable. Alguien arrazó con las botella de vino. Alguien o algo. Ahora tengo que irme de aquí. Aú no puedo hacer del baño en otro baño que no sea el baño de mi casa. El estómago me va a reventar. Me tengo que ir. Estoy sudando como un animal enfermo. debo hacer algo, irme, sí, irme. Espero que la grababación quede bin, que todo fluya, como sangre de la nariz, como cualquier cosa, que salga delicadament. Necesito un cigarro y una cerveza, dormir.
(no sé por qué me ha dado asco el cuerpo humano, mi propio cuerpo, la carne. Son ataques que me dan por momentos. tengo que aguantarme el vómito, huele a carne humana y a sangre) (el cuadro es de Dirk Skreber)
martes, 6 de mayo de 2008
Los gallegos ¿difíciles de penetrar?

Hoy no quería salir a trabajar. Cinco días de puente son suficientes para acostumbrarse al ocio y a la lectura (aunque más lo primero que lo segundo). Me levanté tarde de la cama, definitivamente pensaba en brincarme un día de trabajo y pensé en hablarle a Blanca (mi jefa) y decirle que seguía muy enfermo, cosa relativamente cierta. Pero no me atreví, no quise comenza con ese juego de la justificarme otra vez, como siempre.
Prendí la tv para ver las noticias, sobre todo para ver la brutalidad con la que televisa y tv azteca declaran su postura pro Felipe Calderón, pro derecha indiscriminada. Vi entonces que Boris Izaguirre estaba en el estudio con Carlos Loret de Mola. El motivo era difundir su novela, Villa Diamante, que resultó ser finalista del premio de novela planeta 2007. Este showman venezonlano, muy fresco, muy seguro contestó una serie de preguntan un tanto sosas. Sin embargo, cuando comenzaron a hablar de México, Izaguirre recordó que él vivió en este país cuando él tenía diez años: "es un encuentro con mi infancia", dijo. Luego, como es de esperarse en reporteros del corte de estas televisoras, de Mola preguntó la siempre preguntable pregunta: "¿Te gusta la comida mexicana?" Boris contestó que le gustaba mucho, pero que a su esposo le gustaba muchísimo (Boris Izaguirre es gay):
-A Federico -creo que se llama su esposo- le gusta mucho la comida mexicana -dijo Izaguirre. "
-¿Es español? -preguntó de Mola.
-Sí, es gallego, de Vigo.
-Oye, Boris -preparó Loret la pregunta más recurrente que se le puede hacer a un gallego a al esposo de un gallego-, ¿es verdad que los gallegos son como cuentan los chistes, medio distraídos?
-No, no -respondió Izaguirre-, bueno, lo que veo en mi esposo, es que los gallegos son muy difíciles de penetrar...
Silencio de segundos, la cámara hizo un zoom a la cara de Izaguirre, quien con una delicada, pero contundente mueca aceptó que había dicho algo verdaderamente fuera de lugar; luego la cámara hizo un zoom con Loret de Mola y su risa contenida trató de guardarse detrás de los labios.
-...bueno, lo que quiero decir es penetrar en su personalidad...
Mejor cambiaron de tema y halaron de la novela, que era de lo que tenían que hablar. En fin, ahora me queda la duda en ¿verdad son difíciles de penetrar? En su personalidad, claro...
lunes, 28 de abril de 2008
Video Keyser Soze en Don Bau, abajo del choro

El trabajo es increíblemente infinito. Invento de una mente incorrecta, viciosa. Siempre que voy al baño de la oficina, espío a las mujeres que van a comprar comida tres pisos más abajo. Me quedo ahí mirando. Hoy Cúe me sorprendió. Me hice un poco para atrás, pero no supe que hacer; él caminó hacia atrás, buscándome. Fue inevitable no vernos. Me sentí mal, “atrapado” en uno de los pocos placeres de oficina. De hoy en adelante tengo que estar alerta, siempre vigilante. Le grité desde arriba: “estoy espiando” y el gritó tres pisos más abajo: “’¿a las niñas que van a comer? Que bueno”, eso dijo, pero estoy seguro que le dio miedo, que pensó que soy un enfermo, y para el caso lo soy.
Recordé cuando trabajaba en la biblioteca pedagógica. Una maestra que se llama Yolanda me dijo: No te apures tanto, al fin que el trabajo nunca se va a acabar. Lo dijo como una sentencia terrible: “el trabajo nunca se va a acabar”. Estuve un año en la biblioteca y catalogué y registré más de cinco mil libros. Cuando salí de ahí, un nuevo donativo de tres mil libros más esperaba por ser puesto al día. El trabajo es infinito.
La semana pasada comenzó a llover y con la lluvia llegó el trabajo descomunal y sin sentido. Apenas pude escribir algo, apenas pude llegar y discutir con Laiza y luego abrazarnos.
Siempre veo películas a la mitad, el sueño me destruye las ganas y los ojos. Entonces sólo vivo para el trabajo porque la novela va de mal en peor, Duval no quiere manifestarse, no aparece, se ha convertido en un manchón de letras negras. Almudena, pensé, comenzaría pintando un hombre que se come a sí mismo, una especie de antropofagia pintada con los ocres y negros de Goya, una insinuación. La lectura del Gran Vidrio de Bellatin me ha servido para establecer la relación de Carlos Madrid, Morgo, con su madre, aquella exposición de los testículos es una imagen sorprendente. Aún así llego a casa demasiado fastidiado del mundo y de mí, apesto a mí todo el tiempo, todo lo veo a través de “mis” ojos y de “mis” intereses.
La novela no madura y me preocupa un poco, sé que saldrá, se que reventará en un momento como va a reventar mi vida, mi paciencia. “Reventar” como parábola de la “explosión”, han explotado tantas cosas, que ahora no sé si temer o quedarme a la orilla del tranco.
Me ha comenzado a fastidiar este espacio reducido y este mecánico clonar de sonrisas, saludos y recato. Espero grabar pronto, soltar eso también, que salga y se pierda y ya no se pudra dentro de nosotros (como un diente podrido) Hay tantas nubes en el cielo de Mayo.
viernes, 18 de abril de 2008
Toluca Festiva: discriminación, intolerancia y burrez
El discurso de la derecha excluye y reprime otra manifestaciones culturales, homogeniza, uniforma, por eso el ayuntamiento cree que en Toluca todos somos iguales y que por eso los eventos que ofrecen son Light, sosos y mediocres. Olvidan que gran parte de la población pide y exige otro tipo de entretenimiento, tiene otras necesidades, pero eso no le importa a la derecha brutal y ofrece lo que les conviene, lo “bueno” y lo “saludable”, o sea, lo que sale en la tv.
Hoy fui por pura curiosidad, a una evento en el marco del festival, se trataba de una fraternidad internacional de jóvenes, quienes bailaron durante casi una hora. El espectáculo fue deprimente (no por los chavos que le echaban ganas), eran bailes tipo Hig School Musical, música gringa, coreografías gringas y el discurso gringo de: “miren somos bien tolerantes” porque ponen un afroamericano, una asiática, un latinoamericano y un gringo a bailar coloridos y ñoñísimos bailes. Así fue lo que hicieron estos muchachos sólo que versión mexiquense: uno de neza, otro de izcalli, unas toluqueñas y una que otra coreana, nada más para que no digan que no son internacionales.
Lejos del espectáculo gringoide, el presentador era un inepto, irresponsable y sobre todo, discriminador. En una de sus participaciones, dijo que a él no le gustaban los “darketos”, que se veían mal y que hablaban de muerte y le preguntó a una señora que estaba por ahí lo que opinaba de los darketos y ella dijo: “pues nada, no conozco a ninguno, no tengo nada que decir, cuando conozca a varios podré opinar”, entonces este hombre, el presentador (no pude preguntarle su nombre), al ver que no era la respuesta que él quería, dijo: bueno, pero a poco a usted le gusta como se ven y la señora dijo: “no”, que le causan (siguió ese tipo): “miedo”, dijo la señora. Entonces se fue con otra persona y descargó: “A poco a usted le gustaría que un hijo suyo se vistiera como los darketos” a lo que la señora respondió un rotundo “no”. Luego dijo y preguntó: “A mi no me gustan los darketos, y a ustedes ¿les gustan los darketos?” Se alcanzaron a escuchar unos leves “no”, pero la mayoría de la gente permaneció callada (toluqueños), sólo una mujer gritó: “no, no queremos darketos” y luego se rió.
Este es discurso discriminador del PAN, de Calderón y de Juan Rodolfo Sánchez, la fraternidad, según busca educar a los líderes del futuro “porque hay una sequía de líderes” decía el presentador, y claro, educar líderes de derecha, rígida, estúpida, bestial, por que eso demuestra Juan Rodolfo y todos los regidores: su estupidez, su falta de acervo cultural, su facilismo, su torpeza y su mediocridad, al igual que la International Youth Fellowship, al menos en este caso, ejemplo claro de la estupidez contemporánea.
Toluca la siempre pobre.
ayer

(Escucho a Kalean, una banda española de los ochentas: “dime que es lo que crees ver, dime que es…” trato por todos los medios de no quedarme dormido)
Traje unos lentes negros, nunca he usado lentes negros; pero era inevitable, mi cara estaba deforme: mis pequeños ojos de tapa rosca. No encuentro la canción de Kalean que me gusta.
He comenzado a temblar. Mis piernas se mueven sin control: sentirse manejado por una fuerza superior, como en un atropellamiento: la brutalidad del golpe, el poder absoluto del auto a toda velocidad y el cuerpo manipulado por la brutalidad de la física, de la naturaleza salvaje y desmedida: Una fuerza que no se contiene, que el cuerpo no puede contener. El mar.
Me dan miedo los movimientos involuntarios: Parkinson: Epilepsia. Lo ajeno al cuerpo. Dos habitantes donde uno le estorba, irremediablemente, a otro. He comprendido la inestable relación que tengo con el cuerpo. Con la presencia engorrosa de mis desnudez y la de los demás. Me he dado cuenta que nunca estoy desnudo, que nunca me contemplo, que siempre me cubro, que me incomoda estar en el vapor. El malestar de la desnudez.
Cuando Laiza camina desnuda por la casa la miro con cierto encanto, pero me incomoda verla contrastar el orden del departamento con su piel enormemente blanca y luminosa. Me incomoda la desnudez, el contacto de los cuerpos, tan absurdo y antihigiénico (higiene en el sentido del orden).
No puedo hacer otra cosa mas que batallar contra el sueño, luchar con todas las armas del ideario castrense. Combatir en contra de mi cuerpo. Contar los minutos. Escuchar "out there" de Dinosaur Jr. Tratar de escribir el libro para niños. Tratar de hablar, de no comprometerme, de no caminar.
Un día en la oficina.
jueves, 17 de abril de 2008

miércoles, 16 de abril de 2008
tenía que suceder
